Una vez más, la tragedia viaja en tren

No se puede decir más de lo que ya se ha dicho en otras oportunidades, y en esta misma columna sobre el tema. Cada tanto tiempo, las noticias hablan de una tragedia férrea en el país. Esta vez ocurrió en Once, cuando una formación no pudo frenar y provocó la mayor tragedia sobre rieles de los últimos treinta y cuatro años.
El ferrocarril ha sido parte de la historia, y el progreso, de La Pampa y estuvo estrechamente vinculado a la vida de sus pobladores. Desde su nacimiento como territorio nacional, las vías trajeron a nuevos ciudadanos y sacaron su producción primaria. Sin embargo, los tiempos cambiaron y el transporte ferroviario se fue desmantelando desde los años sesenta, porque se consideró que comenzaba a ser obsoleto o supuestamente anti-económico. Hoy día, las viejas generaciones de pampeanos todavía añoran la llegada del tren, y las nuevas ya no saben no solo lo que es viajar en un vagón, sino lo que es una locomotora ingresando a cada localidad.
Esto fue parte de una política que comenzó en los años sesenta con el desmantelamiento impuesto por el Plan Larkin hasta el neoliberalismo de la década de los noventa, que llevó a la destrucción del sistema ferroviario. La privatización y la tercerización hicieron el resto.
A pesar de las promesas del actual gobierno nacional, que ha revertido muchas políticas implementadas durante los años noventa, el ferrocarril ha sido un proyecto en el que no ha tenido una solución. Las promesas fueron muchas, pero los avances no han sido significativos. Tal vez el mal hecho al sistema durante décadas ha sido demasiado como para revertirlo en pocos años.
Máquinas obsoletas, falta de mantenimiento, tercerización de servicios, falta de inversión son males de la actualidad ferroviaria, sobre todo en los trenes que unen a la Ciudad de Buenos Aires con el Conurbano bonaerense.
Aunque todavía falta una investigación sobre los motivos del accidente ocurrido esta semana, no se puede dejar de dar como causa profunda de esta, y otros siniestros férreos, a un sistema abandonado por las empresas que tomaron la concesión. Y en cada nuevo caso, quienes terminan siendo las víctimas son siempre los mismos: los usuarios, y sobre todo trabajadores que diariamente se movilizan hacia sus empleos en ese medio de transporte.
¿Se podrá revertir esta situación? La distancia entre los deseos de muchos y la cruda realidad de un sistema desmantelado es profunda. Cada vez que se habla de inversiones, los números parecen desorbitantes y la decisión política parece flaquear.
Sobre el accidente de Once se debe también hacer un punto aparte. Si muchos habitantes del país afirman que "nunca se aprende" y que siempre se vuelven a cometer los mismos errores, diferente ha sido la situación del salvataje de las víctimas del siniestro. Esta vez, el sistema de emergencia funcionó ordenadamente, con mucha eficiencia y con la colaboración entre sus diferentes integrantes.
Parece ser que las tragedias en la Argentina, y no debemos hacer mucha memoria para recordar a la AMIA o Cromañón, por hablar de algunas de las mayores catástrofes que enlutaron en las últimas décadas a nuestra sociedad, finalmente parecen haber enseñado a cómo abordar estas emergencias masivas en un país que vive al borde del peligro.