Represión y denuncia de "diputruchos"

Ayer el Congreso de la Nación no pudo sesionar a espaldas del pueblo como sí lo hizo el pasado 30 de noviembre cuando los senadores le dieron media sanción a la reforma jubilatoria. Esta vez ni siquiera alcanzó el mayor despliegue de fuerzas de seguridad en el espacio público desde el retorno de la democracia para contener la indignación popular. Nunca, desde 1983, el centro de la capital política del país había presenciado semejante muestra de poder de fuego para amurallar a uno de los poderes del Estado.
Es que el malestar que ganó a la sociedad por el avance del gobierno sobre los bolsillos de los jubilados hizo eclosión luego de aquella aprobación del Senado -ante una plaza repleta de trabajadores que gritaban su oposición- y se acumuló para manifestarse ante los Diputados.
El gigantesco operativo de las fuerzas de seguridad dispuesto para blindar al Congreso no fue únicamente disuasivo. Por el contrario, alcanzó altos niveles de agresividad y no discriminó a la hora de repartir balazos de goma, gases y palos. Los propios diputados fueron alcanzados por la violencia de gendarmes y policías y uno de ellos sufrió un golpe que le provocó un desvanecimiento. Fotógrafos y periodistas también fueron agredidos lo cual mereció el repudio del sindicato que los agrupa.
Pero lo que resultó más escandaloso fueron las denuncias por los "diputruchos" que Cambiemos sentó en el recinto. Legisladores de tres bloques de la oposición revelaron que dos diputados electos pero que aún no juraron -y por lo tanto no pueden participar de las sesiones- se sentaron subrepticiamente para hacer que el sistema automático de la Cámara marque el ansiado número 129, el piso del quórum que habilita a sesionar. La maniobra, inevitablemente, recordó aquél ominoso episodio ocurrido en el año 1992 cuando la bancada de legisladores justicialistas sentó a un extraño para habilitar la sesión y proceder a -nada menos- la privatización de Gas del Estado.
El aquelarre represivo en las inmediaciones del Congreso y las irregularidades observadas en el recinto condujeron al levantamiento de la sesión. Al momento de escribir estas líneas se ignoraba por cuánto tiempo se extendería la interrupción.
Los bochornosos hechos de la víspera vienen a confirmar lo que muchas voces advirtieron a poco de asumir el gobierno: las políticas de Cambiemos no cierran sin represión. Las compras masivas de pertrechos para las fuerzas antidisturbios y los viajes de funcionarios del área de seguridad para recibir asesoramiento en EE.UU. fueron señaladas oportunamente. Las muertes de Maldonado y Nahuel en el sur patagónico y los ostentosos despliegues de armas, corazas y escudos que se comenzaron a usar a gran escala y en todo el país muestran el nuevo paradigma que llegó con este gobierno. Las palabras de la ministra de Seguridad, cuando defendió cerradamente el accionar de la Gendarmería en el operativo que terminó con la muerte del joven tatuador en el río Chubut fueron más que elocuentes. La funcionaria dijo entonces que "necesita" de esa fuerza "para la tarea que está haciendo este gobierno". Más claro, imposible.