Números contra el discurso falaz

Todos los indicadores económicos que se van conociendo por estos días y que corresponden a la última etapa del cuatrienio macrista siguen mostrando con transparencia el desastre económico en que se encuentra sumida la Argentina. Las estadísticas correspondientes al tercer trimestre de 2019 no dan tregua: el desempleo continuó creciendo para ubicarse en el 9,7 por ciento (0,7 por ciento más que un año atrás); lo mismo con la subocupación: 9,5 por ciento contra 8,3 del año pasado; también bajó la actividad económica un 1,7 por ciento por influencia del retroceso en la construcción y el consumo. En tanto la canasta alimentaria se incrementó solo en noviembre nada menos que 6,6 por ciento y la canasta básica total 5,5 por ciento. Hace unos días se había dado a conocer la inflación de noviembre: 4,3 por ciento, con un acumulado en los últimos doce meses del 52,1 por ciento.
Por donde se los mire no hay forma de poder extraer de ellos ni una pizca de optimismo. El gobierno de Mauricio Macri se despidió sin lograr que una sola de las variables de la economía tuviera un comportamiento positivo. De ahí que resulte desconcertante aquel informe presentado a pocos días de dejar el poder, en donde se realizaba una suerte de balance de los cuatro años de macrismo y se aseguraba que el país que recibiría el gobierno de Alberto Fernández estaba listo para crecer pues se habían llevado a cabo los ajustes necesarios para permitir esa esperanza.
Una vez más, como a lo largo de todo el mandato de Macri, los datos duros de la realidad no hacen otra cosa que desmentir aquellas afirmaciones. La estrategia del discurso falaz, que fue la herramienta preferida por el gobierno de Cambiemos, no dejó de utilizarse ni siquiera en las horas previas al traspaso del mando. Fue la marca registrada del macrismo, el signo de distinción -junto con los globos amarillos- que los historiadores de mañana seguramente utilizarán para referirse a la tercera etapa neoliberal que debieron padecer los argentinos. (La primera fue la que inauguró la última dictadura militar en 1976, y la segunda la larga década de Carlos Menem y Fernando De la Rúa).
Hay un axioma que la experiencia de las últimas décadas nos muestra que es inalterable: siempre que se aplicaron las recetas neoliberales los argentinos terminamos más pobres, más desiguales y más endeudados. El actual escenario socioeconómico no hace más que confirmarlo. Lo que resulta más indignante es que los gobiernos que suceden a esas ominosas experiencias -Alfonsín, Kirchner, Fernández- al heredar una situación calamitosa deben hacer esfuerzos denodados, con proliferación de medidas antipáticas, para salir del pozo en donde nos dejaron los programas ortodoxos. Y como la frazada es corta siempre hay sectores que van a quedar disconformes.
Las medidas económicas que está lanzando el actual gobierno nacional aparecen encaminadas a restañar el daño infligido. Como el mayor esfuerzo se le está demandando a los sectores de ingresos más altos sus quejas, amplificadas por los medios porteños aliados, no dejan de propagarse. Quizás ésa sea una señal de que van en el rumbo correcto.