El progreso como la negación del pasado

Señor Director:
Entre las noticias locales de este fin de año ha figurado el anuncio de que en los próximos meses ha de comenzar la demolición de lo que queda el edificio de Casa Torroba.
Me he referido en las notas de final y principios de año a varios acontecimientos locales. Si he demorado decir algo referente al anuncio anterior es porque he tenido que meditar acerca de mis propias ideas con respecto a lo que hemos llamado progreso y lo que de un modo más general denominamos memoria. He tenido mis momentos de apego al progreso, De esta palabra el diccionario de la RAE da dos acepciones: Acción de ir hacia adelante, avance, adelanto, perfeccionamiento.
Cuando se es joven no es extraño que atraiga a muchos una propuesta que coincide con sus propias expectativas de cambio. La propaganda ha querido definir a lo joven como un grito que en la voz popular puede leerse como "¡abran cancha, que venimos matando!". Sin embargo, la población adulta tiende a ser más conservadora, en particular quienes participan y lideran la riqueza. Se han dado contrastes aún en este nivel. Recuerdo el caso de un general cuyo hijo militó abiertamente en un ensayo de guerrilla rural en el norte argentino, como eco del guevarismo. Por cierto que los grandes reformadores, en su mayoría han surgido también de las clases que poseen la educación (que es una condición para dominar), dato que revela la diversidad de las opciones ante la propuesta de ir siempre avanti. En líneas generales, sin embargo, el que está cómodo o aspira o cree participar de alguna manera de esa comodidad, es conservador, aun en los casos en se quiere hacer diferencia entre la posesión del poder y una línea de progreso que no altere ese estado de cosas en la sociedad. El progreso, pues, no es una vía única y puede ser parcializado. El dueño de una fábrica llama progreso, por ejemplo, al uso creciente de la robotización. En suma, la idea misma de progreso se torna difusa e ilusoria en cuanto al impacto inicial.
Yo mismo me hice eco en esta columna del estado de abandono de la esquina NE del cruce de Avellaneda y Quintana. En mi caso, más que un reclamo sentía estar denunciando un agravio a la memoria. Durante buena parte de mi juventud conocí activo ese edificio construido para durar, pero al cabo, convertido en la negación de la idea progresista a la que se creía estar sirviendo. Cuando abandoné el barrio como lugar de tránsito frecuente, la esquina de Torroba fue un punto de referencia y orientación para mí. Recuerdo sin embargo, que una vez cuando transitaba por la cuadra de Avellaneda hacia el norte (las vías), de improviso viví el único caso de desorientación que ha quedado en mi memoria. Vi venir a un conocido y le dije qué me pasaba, pero él comenzó por reprocharme participar de un hostigamiento escolar que soportaba un hermano menor, lo que no era cierto porque la verdad es que me marginé, cuando en esos años era difícil no seguir la línea de los más audaces que ejercían su poder sobre los más quedados. Luego, mientras vivió ese compañero de escuela y de barrio, siempre nos sentimos amigos y creo que él reconocía que yo no hubiese participado del acoso, cruel pero frecuente costumbre entre escolares. Asimismo recuerdo que en esa cuadra estaba el bar entonces de los Domínguez, hijos del guardabarrera cuya casa estaba apenas a dos cuadras de la mía. Y tenía su estudio Amit, quien me llevaría poco después a ser el "secretario" de una comisión de defensa de la integridad territorial de La Pampa, cuando el propietario del diario "La Nueva Provincia" jugaba su mejor carta a la creación de una provincia con el sur de Buenos Aires y buena parte del sudeste de La Pampa. Y, a pasos de ahí estaba la peluquería de los Reyes Gómez, a la cual seguí acudiendo hasta la muerte del más joven de ellos.
¿Cuántas generaciones de Santa Rosa tuvieron, como yo, una relación en la que el protagonismo fue el de la "esquina de Torroba"?
Atentamente:
Jotavé