De a poco, mejores condiciones para recuperar Malvinas

Los británicos siguen aferrados a la usurpación de las islas. Sin embargo, de a poco, la crisis del viejo imperio y el avance de países tercermundistas, generan mejores perspectivas a la recuperación. Habrá que forzar a Londres a negociar.
EMILIO MARIN
El acto de ayer en Casa de Gobierno, con mensaje de la presidenta de la Nación sobre Malvinas, fue importante. Ella dijo que mejor sería que el Reino Unido se dedique menos a guerrear y más a su pueblo, reprochándole que tiene un 20 por ciento de desempleo entre los jóvenes. Fue consistente la denuncia presidencial de que "Malvinas constituye la base militar nuclear de la OTAN en el Atlántico Sur". La fortaleza "Falklands" con sus militares, aviones, navíos de guerra y armas que pueden alcanzar a Argentina y hasta Ecuador, suponen un dispositivo militar de la OTAN. Es la misma que luego agredió a Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y muchas otras naciones. Lejos del arrepentimiento, ahora pergeña medidas contra Rusia, tras la adhesión de Crimea.

Discurso malvinero.
Años después de la derrota del general Mario B. Menéndez en Puerto Argentino los sucesivos gobiernos aplicaban políticas de desmalvinización. Era inimaginable que desde la Casa Rosada se recordara el 2 de abril. Parecía una fecha para olvidar, una página para dar vuelta la historia, una vergüenza argentina.
Que los Kirchner mantuvieran el feriado nacional dedicado a los caídos en Malvinas y los veteranos de Guerra, y que Cristina Fernández de Kirchner hubiera participado ayer del acto con un discurso malvinero, es una buena señal. Uno no se imagina a Sergio Massa ni Mauricio Macri diciendo esas cosas un 2 de abril. A los radicales tampoco: en 2010 el jefe de diputados, Oscar Aguad, junto con la legisladora del PRO Paula Bertol y Adrián Pérez, hoy de Massa, fueron invitados por el Foreing Office, justo cuando la presidenta dictaba represalias a empresas que exploraban por crudo en las islas.
La postura de Cristina en este punto es bien nacional, por lo que los escribas de Clarín, en forma sibilina, deslizan que ella está apalabrada por Vladimir Putin y estaría maquinando un nuevo desembarco militar en Puerto Argentino. Ricardo Kirschbaum, cuestionando la reciente abstención argentina en la ONU, frente a la condena a Rusia promovida por Washington, escribió ayer en el pasquín de Magnetto: "¿Acaso hay un cambio de estrategia? Si es así, sería bueno que se explicite porque ese acto podría significar, también, un giro de una política que hasta ahora se había sostenido como única respuesta. Ya se sabe: en la guerra de 1982, ni la URSS ni China vetaron una resolución de la ONU que condenaba el desembarco de las tropas y la recuperación de Malvinas".

Cosecha diplomática.
En el actual mandato de Cristina Fernández sobresalen los planteos que llevó al Comité de Descolonización de la ONU. Renovó allí los reclamos para que Londres se avenga a cumplir la resolución de las Naciones Unidas de 1965 -durante el gobierno de Arturo Illia- de negociar la soberanía.
Cada reunión regional dio amplia acogida a los planteos argentinos: en el Mercosur, la Unasur y las cumbres de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).
La declaración de La Habana de esa última entidad, reunida en Cuba el 28 y 29 de enero de este año, planteó en su punto 50: "Reiteramos nuestro más firme respaldo a los legítimos derechos de la República Argentina en la disputa de soberanía por las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, así como el permanente interés en que dicha disputa se resuelva por la vía pacífica y de la negociación, conforme lo dispuesto por la Resolución 31/49 de la Asamblea General de las Naciones Unidas".

Mal vistos.
Esos puntos de vista no fueron acogidos en reuniones del G-20, donde tienen la manija EEUU, Reino Unido y demás potencias del G-7, por la negativa de éstas, interesadas en que continúe la usurpación del socio británico. Dicho sea de paso, la Unión Europea inscribió en 2007 en su Constitución a ese territorio como si fuera de pertenencia inglesa de ultramar, pese a las protestas argentinas.
Las posesiones colonialistas no suscitan adhesión en el mundo. Simbolizan un tiempo de potencias, invasiones, negaciones de derechos, saqueo y muerte en los territorios dominados de ese modo y, como mínimo, pérdida de soberanía.
Por eso los ingleses, la "Vieja Raposa" para el poeta español León Felipe, son mal vistos en Asia, Africa y América Latina, salvo reducidos círculos cipayos. La presidenta argentina recordó en su discurso de abril de 2012 que en el mundo quedan 16 enclaves coloniales y 10 están bajo dominio británico. Es un cargo que el Foreing Office no puede levantar.
En ese sentido el embajador británico en Buenos Aires, John Freeman, "está más solo que Pinochet en el día del amigo".

La desmalvinización.
Hasta el diario que mejor sintoniza la onda anglo-norteamericana, "La Nación", dedicó su editorial de ayer a Malvinas. Y allí, en medio de críticas a la guerra argentina en el Atlántico Sur y veladas referencias a que el gobierno actual sigue olvidando a los veteranos de Malvinas, admitió: "los años inmediatamente posteriores a la derrota bélica estuvieron teñidos por un proceso de 'desmalvinización', cuya más grave consecuencia recayó en el injusto olvido de aquellos combatientes que ofrecieron la vida por nuestro país".
Esa desmalvinización había comenzado antes de la capitulación del 14 de junio de 1982, con militares, empresas y políticos argentinos que no querían el enfrentamiento con el imperio anglo-estadounidense. Les parecía una locura total, porque Argentina quedaba del lado tercermundista, con apoyo de Cuba, Perú, Venezuela, México, China y la URSS. Independientemente del resultado inmediato de esa contienda, se abriría un abismo entre Argentina y el "mundo occidental y cristiano", que fue lo que ocurrió.
Esa política desmalvinizadora comenzó con el general Reynaldo Bignone y la última Junta Militar, continuó, algo atenuada, con el presidente Raúl Alfonsín y tomó forma extrema con Carlos Menem y su canciller Domingo Cavallo. Estos firmaron la reanudación de las relaciones "normales" con el Reino Unido, colocando la soberanía bajo "un paragüas". En realidad era una lápida que rezaba: "QEPD, Aquí yacen las Malvinas y los derechos argentinos".
El hombre de Anillaco había prometido en su primera campaña presidencial que las Malvinas volverían a ser argentinas, con sangre o sin ella. Luego desmalvinizó, recibió con honores en 1999 al mediocre príncipe británico Carlos y en 1997 había hecho lo mismo con Bill Clinton, quien le obsequió el dudoso título de "aliado especial extra-OTAN".
La desmalvinización pretendió velar la justicia del reclamo argentino de soberanía en Malvinas, sepultándolo bajo la crítica a la conducción bélica de la dictadura y haciendo centro en que nuestros muchachos en el teatro de batalla habían sido unos "tiernos niños".
La parte de verdad de esa mentira es la deplorable conducción que hubo, cuyos yerros, desatinos y crímenes fueron inventariados por el Informe Rattembach. La parte de mentira es la negación de nuestros héroes y mártires. Héroes como el soldado Ismael Poltronieri, del combate de Dos Hermanas, los aviadores que mandaron a pique al Sheffield y a buena parte de la flota atacante, los infantes de marina que combatieron bien y los artilleros que hicieron otro tanto. Los 649 caídos en Malvinas fueron bravos soldados.

Tomar medidas.
El venenoso artículo de Kirschbaum desliza que Argentina está mutando a una estrategia bélica. Es falso y funcional a la administración Cameron-Obama. De todos modos, que no sería lo mismo, no estaría mal que las FFAA adopten a Malvinas como hipótesis de conflicto. Que se elaboren balances autocríticos de 1982 y se saquen las debidas conclusiones. Que se eduque a los militares con un sentido contrario a la desmalvinización. Que se termine con los operativos Unitas con la armada norteamericana, los ejercicios Panamax y toda colaboración con el Comando Sur del Ejército norteamericano. Se reitera, para evitar equívocos: no es tiempo de cargar las armas contra los ocupantes de un pedazo del territorio nacional.
Sí se puede hacer mucho en lo político y económico-comercial para que más temprano que tarde vuelva a casa la "hermanita perdida" aludida por Atahualpa Yupanqui.
Es una gruesa contradicción argentina, que los ingleses usurpen parte del territorio, donde pisotean la soberanía, depredan los recursos ictícolas y buscan petróleo, mientras en la Argentina continental los holdings del Reino Unido hacen grandes negocios con total normalidad.
En la Cámara de Comercio Británico-Argentina se puede apreciar el lote de socios-gold: Aggreko Argentina, British Petroleum, BT Global Services, Chevallier Boutell, Speyer & Mariani, Deloitte, Grant Thornton Argentina, HSBC, Marval, O'Farrell & Mairal, Minera Alumbrera, Nobleza Piccardo, PwC Argentina, Schroder, Shell Argentina y Unilever, entre varios más.
Sería bueno que la presidenta, quien dijo confiar en la historia para que los enclaves coloniales al fin desaparezcan, decida por ejemplo expropiar Shell hasta que el Reino Unido se avenga a negociar según la resolución 2065. La historia sola y la diplomacia no terminan con el colonialismo: se necesitan políticas y decisiones patrióticas muy concretas.