De los elementos dos son los más agresivos

Señor Director:
Al repasar los últimos números de nuestro diario (sábado y domingo) observo que de los cuatro elementos que tomaban en cuenta los griegos dos son los que más nos acosaban por esos días: agua y fuego. De los otros dos, la tierra, que sufrió la potencia del agua durante más de la mitad del año, empezaba a aliviarse de las inundaciones, pero afrontaba los embates del fuego. En cuanto al aire, reiteró su comportamiento variable, con jornadas muy calurosas pero con cierre dominical de agradable frescura.
Aire, agua, tierra y fuego. Los griegos hicieron un avance notable al pensar que todo lo existente se reducía a combinaciones de esos cuatro elementos. Nuestra ciencia, una vez disponible el microscopio, ha estado aumentando ese número hasta sobrepasar el centenar (118) si nos atenemos a la tabla periódica de elementos químicos. Para mi propósito me quedo con los cuatro admitidos por los griegos, porque la situación pampeana (que pintó para tragedia en la temporada de lluvias) se ha modificado al menos momentáneamente, dando la oportunidad para que se adopten y apliquen las medidas que veníamos esquivando con la política bipolar en uso: echar la culpa de todo al gobierno anterior o sobre las espaldas de quienes llegarían más tarde.
Por ahora sufrimos el acoso el fuego. Arden pasturas y arden caldenales y toda la flora de esos lugares. Un muerto y un herido grave ya tenemos como saldo final de este 2017 que, por lo menos, nos obligó o nos está obligando a repensar La Pampa, ya con un saldo positivo: la decisión de la Corte para la restitución del Atuel, cuyas aguas son recibidas en el oeste como un renacimiento o como una posibilidad.
El agua hizo lo suyo hasta que las provincias afectadas y la nación llegaron a los acuerdos mínimos para facilitar el curso natural de las aguas continentales, que siguen buscando el viejo camino hacia el mar. El agua reveló la precariedad de las rutas capitales y el año ha cerrado con una tragedia que conmovió hasta los corazones más curtidos: un joven matrimonio y sus pequeños murieron todos, los cuatro, al despistarse el automóvil en el que viajaban. Toda una de las muchas líneas por medio de las cuales se prolonga la secuencia de las generaciones, quedó cerrada. El agua confirmó la prevalencia de la mirada de corto alcance de muchos de los que trabajan la tierra y no le corresponden con los mínimos resguardos que ésta requiere. El agua le pasó un último aviso a Santa Rosa acerca de la relación espacio-número de población, así como sobre la duración de los caños para el agua potable y para las cloacas. También encaminó algunas acciones lógicas o compatibles con las debilidades demostradas y realizó el prodigio de conciliar la existencia de Toay y Santa Rosa, cuya competencia por ser ciudad principal mostró la índole de quienes se adueñaron de todas estas tierras luego de poner final a la presencia aborigen y quizás a la del mismo gaucho real, no el que creó la elite nacional cuando la espantó el alud de la última gran ola migratoria. Ahora ambas ciudades aparecen unidas de hecho y empiezan a desarrollar planes para asumir esta realidad, creando un nuevo conglomerado urbano. El gaucho real era la criatura de los espacios abiertos, la del rancho de adobe y paja y en casos también la de la guitarra. Cuando el espacio fue acotado por el alambrado asistimos a la partida melancólica "de los últimos gauchos". Varios de ellos, de los últimos, fueron calificados de gauchos malos.
Martín Fierro, expresión de los dos momentos del gaucho, decía en la payada con el moreno que "el tiempo solo es tardanza /de lo que está por llegar". Eso, lo que estaría por llegar, es siempre el desafío. No lo podemos saber porque no somos hacedores únicos del futuro. Lo único que sabemos es que nuestro quehacer con respecto al agua, la tierra, el aire y el fuego, puede ser creador o destructor. Hasta hoy predomina el destructor.
Atentamente:
Jotavé