Cuba-EE UU: la pelota está picando en el campo de Trump

Los cubanos lo dijeron un millón de veces: quieren mantener relaciones de buena vecindad con EE UU. Reclaman sí que se levante el bloqueo de 55 años. Avanzaron un poco en la última etapa de Obama, pero hay pronósticos negativos con Trump.
EMILIO MARÍN
En los últimos dos años de la administración Obama mejoraron parcialmente las relaciones de Estados Unidos con Cuba. La mejoría fue en el plano político-diplomático, con reapertura de ambas embajadas a partir de julio de 2015. Eso comenzó el 17 de diciembre del año anterior, cuando los dos presidentes anunciaron que habían resuelto liberar a presos políticos (tres cubanos héroes, presos en cárceles norteamericanas, y un estadounidense y un cubano, ambos espías, detenidos en la isla).
Esa mejor onda llegó a su cumbre, no muy alta, con la visita de Barack Obama a la isla en marzo de 2016, cuando volvió a admitir que la política del bloqueo estadounidense era obsoleta y había fracasado.
Aún en esa auspiciosa fase de la relación, restaban remover tres gruesos obstáculos puestos por el imperio contra la patria de José Martí. A saber, el bloqueo vigente en forma total desde febrero de 1962; la devolución de Guantánamo usurpada en 1903 y no sólo el cierre de la prisión ilegal allí emplazada desde 2002; y el cese de las campañas injerencistas de EE UU por medios comunicacionales, infiltración, programas ilegales, subsidios a fundaciones mal llamadas "disidentes" (mercenarias), etcétera, con las que se persistía en derrocar la revolución y el socialismo.
De esos tres asuntos capitales, Obama sólo habló superficialmente del primero, pidiendo al Congreso la anulación de las leyes en que se funda el bloqueo, sobre todo la "Helms-Burton" de 1996. Raúl Castro, que miró con simpatía los gestos de su colega, no dejó de reclamarle que mediante órdenes ejecutivas la Casa Blanca avanzara en el desmantelamiento del bloqueo. Y eso es lo que no sucedió, ni siquiera en la fase de despedida de Obama.
Los otros dos temas urticantes no fueron abordados por Washington, en una continuidad esencial de las doce administraciones con las que tuvo que lidiar la revolución cubana.
Fuera de la admisión verbal de que el bloqueo era una política fracasada, la parte norteamericana solamente aportó una flexibilización de los viajes a Cuba y del gasto que hicieran allí sus connacionales; el mejoramiento del correo postal bilateral, la autorización para vuelos regulares y cruceros turísticos; e inversiones en áreas tecnológicas pero acotadas al sector privado. El resto del paquete quedó en meras promesas, como la autorización para el empleo del dólar en las transacciones de los dos países y de Cuba con el resto del mundo.
En este sentido se destacó una vez más la previsión de Fidel Castro, quien durante la visita del norteamericano publicó una reflexión titulada "El hermano Obama". Allí abrió interrogantes sobre la veracidad y la profundidad del cambio de actitud estadounidense y advirtió al mal vecino que Cuba podía seguir viviendo sin él.

Algo se hizo.
La parte cubana se dispuso a dar lo mejor de sí para que avanzara la relación bilateral: ni hermanos ni amigos íntimos, al menos vecinos respetuosos. Y por supuesto, junto con esa expresión de buenos deseos, reiteraron que la isla procuraba que la mejora fuera en pie de igualdad, sin injerencias ni menoscabo para el socialismo que el país eligió como su sistema social hace 58 años.
Desde la comunicación televisiva de Obama y Castro en diciembre de 2014 hubo cinco reuniones del grupo bilateral negociador, con representaciones de las cancillerías. Y eso permitió avances, como que Obama designara al nuevo embajador estadounidense, Jeffrey DeLaurentis, que estaba allí como encargado de negocios.
Además de aquellas reuniones de máximo nivel, hubo otras decenas de reuniones de funcionarios que acordaron 22 resoluciones en temas diversos como migración, seguridad para la navegación marítima, rescate y salvamento de personas, combate al narcotráfico, vuelos regulares, meteorología, sismología, medioambiente, delimitación de la plataforma continental en parte del golfo de México, ciberseguridad, lavado de activos, etcétera.
De todos modos esos avances carecieron del núcleo fundamental del cese del bloqueo, condenado en 25 oportunidades por la Asamblea General de la ONU. La última votación fue el 26 de octubre pasado con un resultado abrumador: 191 votos a favor de Cuba y sólo dos abstenciones (EEUU e Israel) sin ningún sufragio en contra. ¡Cómo habrá sido de problemática la situación de los representantes de Obama que optaron por la abstención! Así, la serie de votaciones comenzada en 1992 tuvo una primera vez en que ni siquiera el país bloqueador se atrevía a votar por algo repudiado por el mundo.
Obama cesó en su cargo y se fue de exóticas vacaciones con su familia sin cargar con la culpa que le corresponde. Es hasta ahora el presidente récord en multas a empresas y bancos que han cometido el "delito" de comerciar o intermediar con la isla socialista. Desde diciembre de 2014 hasta el final de su mandato, él impuso once multas por un valor de 2.843 millones de dólares, en nombre del maldito bloqueo. Si se computan sus dos gobiernos, fueron 52 sanciones, por 14.404 millones de dólares. El afro-americano era un mandatario de doble faz, cínico, capaz de decir algunos discursos contra el bloqueo pero de convalidar multas millonarias que lo continuaban.

Y en eso llegó Trump.
Hay que computar a favor de Obama que menos de una semana de su despedida firmó el fin de la política de "pies secos, pies mojados" y del programa parole. La primera fomentaba la inmigración ilegal de cubanos hacia EE UU, como los balseros, que a veces concluía con muertos. Todo eso para desprestigiar al supuesto infierno del que la pobre gente quería huir de cualquier modo. Lo segundo, parole, era un plan para fomentar la deserción de médicos cubanos que trabajan en misiones solidarias en el exterior. El imperio quería dificultar esas misiones en países que lo necesitan, caso Venezuela, y de paso robar "materia gris" formada en la Mayor de las Antillas.
El 8 de noviembre ganó Donald Trump y la percepción mayoritaria fue que con este republicano de ultraderecha podían retrocederse varios casilleros de los pocos avanzados con el demócrata que se iba.
Esa impresión se reforzó por la campaña que aquél hizo en La Florida, de la mano de la gusanería y el senador Marco Rubio, referente de ese sector enemigo de mejorar las relaciones con Cuba, igual que el senador texano Ted Cruz y otros especímenes. Trump dijo que revocaría las medidas ejecutivas de Obama "a no ser que el régimen de los Castro restaurara las libertades en la isla".
Ante la muerte de Fidel Castro, el 25 de noviembre pasado, la idea negativa o pesimista tomó más cuerpo porque Trump lo calificó de "brutal dictador". Además, en Twitter amenazó con que "si Cuba no está dispuesta a hacer un acuerdo mejor para el pueblo cubano y los cubano-estadounidenses en su conjunto, pondré fin al acuerdo". El magnate de ultraderecha prometió hacer "todo lo posible para asegurar que el pueblo de Cuba pueda iniciar finalmente su camino hacia la prosperidad y libertad", lo que debía leerse como un proyecto de vuelta atrás de la isla hacia la postración semicolonial y sus diferencias de clase con una mayoría excluida.
El jefe de Gabinete designado, Reince Priebus, declaró el 27/11 que Trump aguardaría ver algunos movimientos del gobierno cubano en cuanto a las libertades para decidir cómo será su relación y, de no haberlos, revertirá el acercamiento entre ambas naciones. "Tenemos que tener un mejor acuerdo" le expresó Priebus a la cadena Fox.
Todo eso fue antes que el xenófobo asumiera el 20 de enero pasado. Tras eso, la primera expresión fue del vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer, el 3 de febrero. En conferencia de prensa declaró que la administración republicana estaba realizando una revisión completa de las políticas de EE UU hacia Cuba. El centro de esa revisión, admitió, "es el enfoque en los derechos humanos, como parte de un compromiso con los ciudadanos de todo el mundo".
La nación que más viola los derechos humanos en el planeta, con guerras e invasiones, pero también en su propia casa, con el "gatillo fácil" contra los afroamericanos y ahora con más persecución a inmigrantes, se permite pontificar sobre esos derechos en Cuba.
Por eso no se puede ser optimista respecto a lo que hará Trumpo. Y es un asunto crucial para Latinoamérica y el Caribe: en la V Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), sus 33 integrantes volvieron a reclamar el fin del bloqueo.
Raúl Castro ratificó ese 25 de enero en Punta Cana su voluntad de proseguir el diálogo y la cooperación en temas de interés común con el gobierno de Trump. En su opinión, Cuba y EE UU "pueden cooperar y convivir civilizadamente, respetando las diferencias y promoviendo todo aquello que beneficie a ambos países y pueblos". El orador aclaró que "no debe esperarse que para ello Cuba realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia".
La isla mantiene buena predisposición, pero no peca de ingenuidad. Tiende su mano como buena vecina pero se cuida de la zancadilla y la puñalada. La pelota está picando en el campo de Trump y los cubanos están listos para jugar o para devolver el batazo.