Como con bronca y tal vez, sin junarlo

Señor Director:
Hay varias expresiones del lunfardo que usan la voz junar en el sentido de mirar deliberadamente un objeto, y también percibir, conocer o comprender esa cosa ("le juné todo lo que decía"), según Gobello y Oliveri. La palabra vino a mi memoria al leer el diario del domingo sobre choques verbales entre funcionarios de los gobiernos nacional y municipal de Santa Rosa con otros de la provincia. Lo que recordé fue la frase "como con bronca y junando", creo que de la letra de un tango. Si junar, además de poner atención en algo es comprender, el título sugiere que quizás falta eso: comprensión.
Está claro que los roces y choques que trascienden al público son consecuencia de posiciones políticas y que la actualidad municipal y el gobierno nacional, son expresión de un interés que colisiona con el gobierno provincial. El periodismo siempre ha mostrado interés en recoger datos que no toman forma de noticia difundida intencionalmente y hasta no hace mucho quien hablaba en público o comunicaba un trascendido buscaba eludir la repetición de palabras que estaban calificadas como groseras, no respetuosas y, en casos, "malas". O sea con algo que lindaba con el Mal, esa entidad que parece coetánea de los dioses porque éstos, en cuando representan el Bien, debían aceptar la existencia y el poder de su enemigo.
Las "malas palabras" han estado saliendo de aquella oscuridad a que se hallaban restringidas por el uso y ahora aparecen más en el debate y en el discurso de hombres públicos y gobernantes y luego las repite el pueblo llano. Esta experiencia, como en su momento lo fue la lidia con el Diablo, va adquiriendo estado público y hasta se llega a exhibirlas en los titulares de diarios y revistas. Lo mismo pasa con todo lo referente a las sustancias excrementicias, a las que el uso culto negaba el derecho de ser nombradas en el lenguaje cotidiano, y así fue necesario inventar palabras tales como baño, aseo, inodoro, bidet, etc. Los niños, que viven el aprendizaje de la lengua, han sido reprimidos o reprochados cuando dicen inocentemente qué estuvieron haciendo o qué les había pasado o quieren saber qué significan ciertas palabras que escuchan en la escuela.
Así es cómo los niños dan inicio a otro aprendizaje que, con el tiempo, los llevará a entender que no todo lo que les dicen se refiere a la cosa sino que es como una metáfora de lo que está prohibido nombrar. Luego vendrá su desencanto con los Reyes Magos, Papá Noel y otras creaciones ideadas para prestigiar lo que se acepta como decible o como objeto de creencia siempre que aprendamos a decodificar la lengua admitida. Es lo que algunos han llamado "la muerte de la inocencia", sin entender que el proceso formativo supone una progresiva aceptación de otras convenciones, llegándose a un punto que puede desembocar en el escepticismo o en la aceptación de lo escatológico o en la duda como actitud para afrontar la existencia, cuya brevedad es otro de los problemitas que todos deben resolver o con el que deberán lidiar. Y no se tardará en descubrir que lo que se derrumba mientras se avanza es un tejido de convencionalismos que la mayoría termina por aceptar como si fuesen expresiones de lo real. El hombre en su trayectoria histórica, al edificar su mundo en el mundo natural, no solo ha creado las ciudades y el lenguaje sino también una multitud de convenciones y creencias admitidas o fingidas que podemos aceptar (o no, como hizo Diógenes el Can) como otras estrategias para sincerarse o creer que se lo hace.
Vuelvo al uso actual de lo que fueron las malas palabras, palabrotas o denuestos. El cambio en nada nos mejora, aunque menoscaban una de las pocas y valiosas propuestas para la convivencia social: el respeto por el otro. Y que ensucian a quien las dice contra otro por creer que él es excepción, lo singular y que tanto sus atributos físicos así como sus desechos son expresiones de nobleza o calidad.
Atentamente:
Jotavé