Callate y escribí

El lector sabrá disculpar, pero desde esta columna se espera con fruición el momento de comenzar la lectura de la última novela de Mario Vargas Llosa, "Tiempos recios". Está ambientada en la Guatemala de comienzos de los años '50, y pone el foco en el golpe de estado que, con el descarado apoyo de la CIA y la United Fruit Co., derrocó al presidente democrático y progresista Jacobo Arbenz.

Cosas veredes.
El interés surge, sobre todo, en ver cómo se las arreglará este reaccionario de pedigree para tratar un episodio histórico que deja tan mal parados a sus amados Estados Unidos. No estamos exagerando: para Vargas Llosa parece que en el país del norte no pueden hacer nada mal, al punto que en su momento justificó y ensalzó el fallo de la Corte Suprema yanqui que, pese a las evidentes maniobras fraudulentas en el estado de Florida, le otorgó la elección presidencial a George Bush hijo, en contra de Albert Gore que la había ganado claramente.
Curiosamente, en sus giras de presentación del libro el novelista peruano ha elegido elogiar explícitamente a Arbenz, y señalar el episodio de su derrocamiento como un momento clave para la democracia latinoamericana, cuando las juventudes del continente percibieron con claridad que los EEUU y sus compañías multinacionales, sólo tenían interés en los dividendos y ninguno en los pueblos del subcontinente o en sus sistemas democráticos.
No es ocioso recordar que fue precisamente estando en Guatemala en aquellos días aciagos de 1954, que un joven Ernesto Guevara comenzó su proceso de radicalización política, que se completó cuando pocos meses después, en México, conociera a los cubanos hermanos Castro, y el resto es historia.

Juventud.
En aquellos años el novelista peruano también era joven e idealista, y coqueteaba con el socialismo junto a sus camaradas de letras como el colombiano Gabriel García Marquez. Esa amistad terminó feo por un asunto de polleras (hay una foto de Gabo con el ojo en compota para atestiguarlo) y parece que por ese entonces es que Varguitas comenzó su viraje a la derecha, que parece no tener fin, como si el compás tuviera más de 360 grados.
Pero eso nunca le ha impedido ser un escritor estupendo, con una extraordinaria capacidad para ahondar en el alma humana, y para empatizar con sus personajes, especialmente los más desvalidos. ¿Un humanista de derecha? parece que es posible.
Una vez más este año se ha reactualizado esa polémica, cuando al otorgársele el Premio Nobel de literatura al alemán Peter Handke, más de uno puso el grito en el cielo al recordar su polémico apoyo a Serbia durante la guerra de los Balcanes, y en particular a su líder Slobodan Milosevic.
Seguramente debieron hacer un esfuerzo por recordar aquella guerra de los años '90, el debut del "nuevo orden internacional" de Bush padre, donde en el corazón mismo de Europa se cometieron las peores atrocidades imaginables. Handke siempre defendió a Milosevic (que murió en cautiverio mientras era juzgado en un tribunal internacional por violaciones a los derechos humanos) al punto que, cuando un periodista le preguntó qué opinaba de la pila de cadáveres musulmanes que había dejado la masacre de Srebrenica, respondió cortesmente: "Puede usted meterse sus cadáveres en el c*lo". Es la finura que dan las letras.

Léanme.
El flamante Premio Nobel debió enfrentar nuevamente a los periodistas cuando le entregaron el galardón. "Hay cincuenta periodistas en la puerta de mi jardín -se quejó- y todos me hacen las mismas preguntas, revelando que ninguno de ellos ha leído uno sólo de mis libros". Y en eso tiene razón: no le dieron el premio de la paz, lo premiaron como escritor, y como tal debiera ser juzgado. Lo mismo va para Günter Grass con su pasado nazi, o para José Saramago, de quien se dice que en sus años de editor periodístico, maltrataba y censuraba a sus colegas por razones ideológicas.
Por otra parte, si en nombre de la corrección política debiéramos abstenernos de disfrutar la obra de -por ejemplo- el racista Richard Wagner, o del pedófilo Woody Allen, es posible que el mundo se empobrecería bastante.
Así que disfrutemos a Vargas Llosa por su inmortal "La guerra del fin del mundo", y no por su negación del golpe de estado en Bolivia; y a Peter Handke por su "La ansiedad del arquero ante el tiro penal" -que fue llevada al cine por Wim Wenders- y no por sus comentarios políticos, que son un pelotazo en contra.
Pero por sobre todas las cosas hay que agradecerles que hayan elegido la profesión de escritores, y no la de políticos.

PETRONIO