El hombre de las bolsas ha regresado

La ciudad era un horno esa mañana, y en el centro parecía que los 33º grados que acusaba el termómetro eran muchos más... Pero el hombre de tez oscura, arropado de una manera increíble para tan alta temperatura estaba lejos de quejarse, como tantos vecinos que caminaban por las calles. Un grueso gorro de lana negra en la cabeza, una suerte de pullover del mismo color, un saco azul raído y desgreñado, y para completar su indumentaria pantalón azul y un par de viejos tamangos... Y no parecía sufrir la canícula de la bochornosa jornada santarroseña. Ni se mosqueaba con el calor que volvía loco a más de uno...
Su aspecto llama la atención: barba larga y entrecana, grueso bigote, el pelo largo y recogido en una suerte de rodete, una rasta formada al parecer "naturalmente" por el paso del tiempo... La mirada impasible el hombre parecía inconmovible en su "uniforme" de linyera.
"Carlitos" esperaba el micro urbano que va hacia Zona Norte, en la esquina de Mansilla y Avellaneda, y ni se inmutaba por la altísima temperatura.

El hombre se fue de viaje.
Hace varias semanas había alguna preocupación por la ausencia de esa persona extraña, que solía verse en distintos puntos de la ciudad con su semblante moreno y un aspecto ciertamente andrajoso.
Lo cierto es que el hombre -según testimonios de quienes lo habían visto en aquellos momentos- se paseaba por las calles porteñas.
Rubén González, a quienes algunos conocen como "Carlitos", fue visto frente a Plaza Miserere. "Nos han dicho que todos los días, alrededor de las 10 de la mañana, se sienta con sus bolsas en la puerta de un supermercado Coto y allí pasa varias horas", indicaron dos mujeres que lo vieron de cerquita. "Es en Avenida Rivadavia, casi Catamarca, en Once", precisaron.
"Ese es un lugar donde hay un hotel donde van personas derivadas del Sempre, así que mucha gente lo ha visto ahí, aunque el no habla con nadie", agregaron.
"La verdad es que tiene el aspecto de siempre... a lo mejor está un poco más limpio", ampliaron las santarroseñas que hablaron con LA ARENA.

Un día no se lo vio más.
En aquellos días en que no se lo veía, en algunos sitios virtuales hubo quienes se preguntaban sobre su paradero. En su último tiempo en Santa Rosa se lo podía ver con sus pertenencias -esas bolsas que no abandonaba nunca-, acompañado de un par de perros flacos y desgreñados en una vereda al lado de la Dirección de Turismo -frente a la rotonda del Centro Cívico-, donde pernoctaba.
Pero una mañana -de esto hace unos tres o cuatro meses- aparecieron dos bolsas negras tiradas... pero "Carlitos" no estaba. Pasaron los días y nadie accedía a saber qué había pasado con él. "Una familiar estuvo preguntando si lo habíamos visto", le dijo un kiosquero a un cronista de este diario. "La verdad es que no sabemos nada... si le pasó algo o qué", dudaba el comerciante.

¿Cómo viajó?
Ahora se sabe que, de alguna forma, "el linyera de las bolsas negras" como lo conocen muchos, había decidido mudar -al menos por un tiempo- su particular modo de vida a Buenos Aires. "Se lo veía bien... como siempre, bah!", comentaron quienes lo vieron a la puerta de aquel "super" en la gran urbe.
¿Cómo llegó a la city porteña? Dicen que en algún lado se subió a un tren de cargas, y por eso apareció en Once; otros comentan que pudo haber llegado a dedo. ¿Por qué fue, a qué? Eso nadie lo sabe... es parte de ese misterio que guarda en sus insondables pensamientos.

En Santa Rosa.
Hemos comentado en estas mismas páginas que la ciudad nos acostumbró a ofrecernos casos de individuos como Rubén González... que muchos los ven, pero no saben quiénes son... ni dónde van, ni qué hacen.
En Santa Rosa aparecía cada mañana, de madrugada, durmiendo plácidamente en una vereda -así cayera una terrible helada, o hiciera mucho calor-, habitualmente en el vano de la puerta de una oficina pública, o de un comercio céntrico.
En algunas ocasiones se lo podía observar sentado al lado de la Catedral; otras con una escoba limpiando la vereda del templo. En alguna ocasión, y a la pasada, sorprendiendo a algún caminante pidiendo "una moneda", o "un billete", porque al cabo la inflación no perdona a nadie. Ni a "Carlitos".
Quién no se detuvo a mirarlo alguna vez: piel morena... se lo podía detectar desplazándose de un lado a otro con un par de bolsas plásticas negras que, después supimos, contenía entre otras cosas una frazada, comida y hasta un tarro de café entre un envoltorio de esa ropa que le iban dando por aquí y por allá...

"Carlitos" está de vuelta.
Estuvo en Buenos Aires, y cuando este diario dijo de su paradero no faltaron los que decían que "el de la foto" no era él. Pero sí, "Carlitos" había estado en Buenos Aires.
Pero por estos días ha regresado. Lo vimos primero en una esquina esperando el micro que lo condujera a Zona Norte, y brevemente pudimos "conversar" con él, porque en general escucha y responde alguna que otra pregunta con un monosílabo, o poco más.
"Sí, estuve en Buenos Aires", dice y agrega cuando se le consulta: "Tomé el micro y me fui a Retiro...".
"¿Qué hacía? Nada... andaba", expresa cortito.
Y es concreto cuando se le pregunta cómo regresó: "En tren, de Constitución a Olavarría, de ahí en tren a Bahía Blanca y en micro hasta aquí... Sí, estuve paseando", su rostro deja entrever una sonrisa blanca que destaca en su piel morena.

Como una miscelánea urbana.
"Perdí el documento, así que estuve en la oficina para pedirlo", completa por si hiciera falta. Y enseguida trata de eludir al curioso. Mira para un lado, para el otro, y cruza la calle, caminando indiferente entre los autos y la gente.
Seguro que él no lo sabe, pero su presencia despierta al menos curiosidad. Al "linyera de las bolsas negras" nada parece importarle. Ni el frío, ni el calor, ni que la gente lo mire por las calles. Regresó, y volverá a ser presencia habitual, casi como una miscelánea urbana... (M.V.)