Mario De La Torre, nacido para ayudar

Mario Vega - Un centenar de personas -la mayoría trabajadores-, dispone cada medio día de un plato de comida. La Fundación Aportes a la Humanidad, liderada por Mario De La Torre, lleva adelante esa obra solidaria.
Es el mediodía de un día de semana cualquiera, y un grupo de personas comparte la mesa, y la comida, en una casa de la calle Villegas. Cualquiera podría creer que se trata del remedo de aquellas pensiones de antaño, donde trabajadores, estudiantes, y hasta viajantes solucionaban el almuerzo o la cena.
¿Qué eran las pensiones? Solían funcionar en casas particulares, en instalaciones readecuadas para permitir que un grupo de gente se pudiera sentar a comer una minuta caliente. Casi siempre eran lugares atendidos por los propios dueños de casa, que también se encargaban de preparar la comida. El tiempo, el progreso, las fue haciendo desaparecer y no sé si hoy existirá alguna en la ciudad. Casi diría que no.
Hoy, en la calle Villegas 664 de Santa Rosa, cada día, de lunes a viernes, alrededor de un centenar de personas almuerzan en torno a grandes mesas... Como lo expresé no son comensales de una pensión, o de una fonda de comida, sino que -en su mayoría- es gente que no puede acceder a un plato de comida a mediodía: simplemente porque en sus raídos bolsillos hay sólo unos pocos pesos arrugados, o quizás nada de nada; o porque no tienen tiempo material para regresar a sus hogares por la distancia, y regresar a tiempo a sus trabajos... o porque son estudiantes a los que apenas si les alcanza lo que reciben desde sus hogares -tal vez fuera de la provincia- para subvenir sus mínimas necesidades y, de esa manera, comiendo allí, tienen un alivio en sus exiguas finanzas.

Trapitos, trabajadores y estudiantes.
Cuando llegué al lugar esta semana, me encontré con muchos rostros conocidos. Más allá de los encargados de hacer y servir el almuerzo, otras caras de las que me topo permanentemente en distintas calles de la ciudad.
Mario De La Torre, delantal blanco, el rostro serio y concentrado, transpira
copiosamente ante el calor de las hornallas; en tanto cocina y ordena a algunos de los ayudantes-voluntarios que le dan una mano. En el "comedor" -una amplia sala donde se destacan cuatro mesas grandes-, grupos de personas comen un guiso de lentejas y panceta, toman agua ("jugo cuando hay", dice el cocinero) y reciben una fruta.
Nuestro fotógrafo acepta el convite y disfruta de dos platos de guiso. "Exquisito", juzga mientras recibe la invitación de Mario para que vuelva cada mediodía "porque esto (el comedor) es para los trabajadores, sin ninguna clase de límites".
Los comensales son alumnos de la Universidad, laburantes, y algunos-un grupo importante- son "trapitos", limpia vidrios (que en realidad también son laburantes, pero eso sí fuera del sistema previsional, y de cualquier beneficio que debe tener un trabajador). Se los puede ver habitualmente en la plaza San Martín, o en algunos semáforos de distintas esquinas de la ciudad.

Ya lo había visto.
La escena -vivencié algunas parecidas en forma directa mucho tiempo- me impresiona aún un poco. Porque se supone que no estamos tan mal, que lo peor ya pasó en este país... pero es evidente que quedan secuelas, deudas importantes con un sector de la sociedad. Y basta verlo.
Alguna vez conté que en calle Salta casi Asunción del Paraguay, y también en otros dos domicilios de la zona norte de Santa Rosa-, desde el aciago 2001 hasta mediados de 2008 con otras personas trabajamos en la Fundación "Llegar a tiempo", que ofrecía un plato de comida los fines de semana a casi 200 chicos, y también cubría algunas otras necesidades.
Allí he visto de cerca las caritas de los pibes con hambre, la penuria en sus ropas pobres, en sus carencias... Resulta doloroso creer que en este país alguien pueda necesitar un plato de comida, pero todavía ocurre.

"Hay gente que es así..."
Evoco aquella experiencia cuando entro al comedor de FundAlHum (Fundación Aportes a la Humanidad), porque si bien ahora es gente más grande la que concurre, también se advierten las carencias de muchos de los asistentes. Veo a los "trapitos" que encuentro todos los días en el centro y entiendo que ese comedor es una salida, una posibilidad de que los pocos pesos que se puedan levantar lavando un auto lleguen después a sus familias.
Lo miro a Mario y a su gente, diligentes, presurosos, afanosos, y no puedo menos que recordar aquellos versos: "Hay gente, que con sólo dar la mano/rompe la soledad, pone la mesa,/sirve el puchero, coloca las guirnaldas... Hay gente que es así, tan necesaria" (Hamlet Lima Quintana) . Por fortuna estas muestras de solidaridad todavía se nos presentan cada tanto, e invitan a creer un poco más en la gente, en la sociedad.
De verdad, me parece un trabajo magnífico el que está llevando a cabo ese grupo que conduce Mario Osvaldo de la Torre (63). En silencio, sin alharacas, sin cortes de cinta, sin fotos y sin trascendencia pública.

Quién es este hombre.
A Mario uno lo conoce de su vinculación con la comunidad salesiana, de su tarea al frente de Hogares Don Bosco, y de su actuación en el Colegio Domingo Savio.
Parece preocupado, serio, reconcentrado, y difícilmente aparecerá una sonrisa en su rostro. ¿Nunca sonríe Mario?, le pregunto, casi insolente. "Sí, cómo no... a veces. Pero la sonrisa más importante es la del alma", contesta. Invariablemente circunspecto.
Sólo el fotógrafo le arrancará una tímida mueca "posando" para la foto.
Nacido en Lincoln, provincia de Buenos Aires, es único hijo de Torres de la Torre (sí, se llamaba Torres y era maestro carpintero), y de Esmeralda Celia.
Casado con Susana Alicia Silvestro, tienen dos hijos, Marcelo José, médico pediatra en la Clínica Modelo; y Juan Pablo Mario, que es técnico agropecuario y vive en Río IV.
Se remonta a Lincoln y su niñez, que cuenta que fue como la de todos los pibes, "andando en bicicleta, pateando una pelota, pero siempre acercándome a los que menos tenían, eso sí". Quizás como un mandato interior que tenía un ejemplo, su padre, quien los fines de semana organizaba escuelas de aprendizaje de su oficio.
Mario es técnico agropecuario y profesor de enseñanza primaria, y ya en Santa Rosa empezó a trabajar en lo que era la incipiente Villa Don Bosco (hoy hay allí un supermercado), "cortando yuyos. Después me tocó ir organizando todo lo que era la Villa", vuelve en el tiempo.
Continuamente vinculado a la comunidad salesiana, con su esposa Susana se hicieron cargo de Hogares Don Bosco. "Una obra muy linda, pero eso ya pasó", dice y no quiere agregar mucho más pese a que llegaron a tener a cargo la crianza y la educación de más de 100 chicos -muchos de ellos ya hombres- en un período que se prolongó por 25 años.

La tarea que viene.
En el Colegio Domingo Savio pasó por todos los puestos: preceptor, secretario, maestro de apoyo escolar, secretario del primario y luego del secundario, maestro de grado, profesor y coordinador del tercer ciclo. En el 2012 se jubiló.
El año anterior su esposa Susana Alicia Silvestro recibió en la Legislatura el Premio Olga Orozco, en reconocimiento de su defensa de la niñez, la solidaridad y la acción comunitaria. Ese día la homenajeada estuvo en el recinto junto a su esposo Mario y su familia.
Al comedor llegan algunas voluntarias, saludan y enseguida Mario les dará alguna directiva. Siempre con ese gesto adusto, casi podría decirse áspero. Les pregunto a algunas si Mario es "mandón", y se ríen: "Es así, una gran persona, y estamos acostumbrados a que esté serio. Pero también tiene sus momentos de alegría, de compartir con nosotros un fin de semana, una mateada. No siempre es tan hosco", lo definen.

Siempre la solidaridad.
Después que dejaron Hogares Don Bosco, Mario y Susana estaban convencidos que su tarea fraterna no había concluido. "Constantemente hay necesidades, y empezamos con este comedor, y nuestra fundación no nace para competir con nadie, sino para compartir los dones recibidos. Aquí, ya lo vas a ver, la gente ofrece lo que puede, desde comida, ropa o trabajo, y la idea es ayudar. Nada más que eso", dice.
Y pienso: ¡Cómo si fuera poco!, en este mundo cargado de miserias, de egoísmos, de tanto individualismo que nos hacen desinteresarnos por el otro.
Pero por suerte -pienso- hay gente así, y no son pocos, aunque no quizás todos los que se necesitarían.
Sí, como dice Hamlet, porque hay gente que es así, "uno se va de novio con la vida/desterrando una muerte solitaria,/pues sabe, que a la vuelta de la esquina,/hay gente que es así, tan necesaria".

La providencia da una mano.
¿Qué motiva a un grupo de personas a agruparse para ayudar, para ejercer la solidaridad? Mario de la Torre lo explica: "Nos hicimos carne de palabras del papa Francisco: 'Salgan a las periferias', dijo, y eso hicimos...".
"Con unos 25 voluntarios formamos FundAlHum. El comedor tiene un mandato evangélico, porque ya lo dijo Jesús: 'Denle ustedes de comer...'. pero aquí se trata que no sea sólo la comida, sino también una tarea de acompañamiento, y de saber escuchar a una persona para ayudarla y orientarla", agregó.
FundAlHum tiene por objeto proporcionar alimentos a personas en situación de carencia; estimular la promoción humana de personas con escasos recursos económicos y/o culturales; y favorecer procesos de capacitación e intercambio científico técnico.
A veces no están los insumos para la comida del mediodía, pero si eso pasa "la providencia vendrá en auxilio", creen Mario y sus ayudantes.
"Hace dos días no había nada de nada, y no sabíamos cómo nos íbamos a arreglar, pero llegó alguien con 45 kilos de choclos y a la hora de cocinar preparamos un riquísimo guiso... para chuparse los dedos", relata Mario. Mientras hablaba tocaron el timbre: el verdulero "de al lado" informa que alguien dejó pago un cajón de manzanas y lo viene a traer. "Ahí está, esto es la providencia, Dios siempre está", se regocijan.
Enseguida una familia de Castex anuncia que llegaría en minutos a Santa Rosa, y poco más tarde bajaron de un vehículo cinco bolsas con ropa en buenas condiciones. "¿Ves?", se le iluminan los rostros a Mario y su gente. "La providencia... así es todo el tiempo", concluyen.