Cuqui Ramos: "A mí me acunó la milonga"

Mario Vega - Defiende con pasión la reivindicación indígena y a quienes fueron auténticos dueños de la "Ñuque Mapu" (madre tierra). La artista prepara nuevos desafíos y espera lo que cree un justo reconocimiento.
Un sonido de guitarra y una poesía hecha canción... La noche joven, el vino alegre corriendo generoso copa en copa y, de pronto, la voz inconfundible de Leoncio... La casa humilde en el corazón de Villa del Busto se viste de fiesta porque allí, en lo de los Ramos, otra vez se han juntado los cantores.
Están todos, los músicos y los poetas, los cantores y los compositores, porque se necesitan en esa conjunción imprescindible que hará, una vez más, que florezcan los duendes para hacer, otra vez, una noche mágica.
En la casa de Leoncio, como en la de los hermanos Díaz un poco más allá, o en la de los Urquiza, y en tantos lugares de aquella Santa Rosa, esas rondas eran repetidas. Y serían esas noches las que iban a constituir -sin que nadie lo supiera entonces- el basamento de nuestro cancionero popular. Nada más, y nada menos.
Es que allí estaban todos. Era la peña que fluía naturalmente cada noche y la muchachada gozando del canto y de la música. Una postal de otra ciudad, de aquella Santa Rosa que quedó sumergida en el tiempo, de esta misma que hoy guarda remembranzas de esos refugios de guitarreadas y voces inigualables entonando los versos más sentidos de un poeta.

El legado.
Esta mujer que ahora está sentada frente a mí ha sido testigo de aquellos fantásticos momentos. Pero no sólo eso sino, además, protagonista y heredera de tanta inspiración en esas noches de voces y guitarras sueltas al viento. Ana Nélida Ramos (70) es, así lo siente, legataria: "De esa sangre y de esa raíz profunda vengo yo y venimos todos nosotros en la familia Ramos", me dice en un tono entre solemne y nostálgico.
"Es que en esa barriada de Villa del Busto, donde vivíamos, siempre en la calle Mendoza, pasábamos nuestras mejores horas, con vecinos como los Lastra -cómo olvidar a don Julio, aquél de los asombrosos cuentos que aún trascienden-, los Rodríguez, Ibarra, Chambler, Picotto, Benussi, los Taramarca", recuerda a la distancia.
Cuqui, que así le dicen, arranca con una canción: "¡Pobre Namuncurá, que se ha entregado, cambió sus boleadoras por guantes blancos... No puede ser, no debe ser, lo dijo Pincén, Yanquemil también: no peñi, no peñí...!"
Ya he confesado que soy negado -sí, también en eso- en lo que se refiere a la música, pero esta voz, entre portentosa y dulce, logra sacudirme. No se lo digo, y ella sigue entonando mientras Rodrigo -el fotógrafo- dispara su flash. El poncho negro con la guarda pampa, la vincha apretando el cabello oscuro y el cultrúm apenas sonando, prudente, acompañando esa expresión que se me ocurre prodigiosa.

La artista.
¿Quién es Ana Nélida Ramos? Cuqui es hija nada menos que del gran cantor que fue Leoncio Ramos, y de Tomasa Cepeda, de donde naturalmente provienen sus rasgos indígenas. Conserva en su rostro apenas marcado por algún que otro vestigio de los años que pasaron, esa firmeza que caracteriza a los hombres y mujeres de su raza.
Seis hermanos tiene Cuqui: Esther, Norma Ilda, Luis "Bombolo", Alicia Graciela, María del Pilar ("la poeta") y Silvia Susana quien también canta. En realidad, en esa familia todos lo hacen... "Bombolo tiene una voz maravillosa", reconoce Ana Nélida. Hizo la primaria en la Escuela 4; después sólo dos años de secundario porque era el momento de dar rienda a la vocación, y por eso la dedicación a la danza folklórica y la música con el maestro Alfredo Kludt.
"Y además esas noches con los cantores, los poetas, los guitarreros, y nosotros andando por allí viendo todo eso que se nos ocurría mágico. Me acuerdo que iban Guillermo Mareque, los guitarreros que acompañaban a mi padre, Arnaldo Santajuliana, Rodríguez, Gatica, Bazán, Chelo Funes y los Hernández que venían de Toay; y también el recitador Lalo Casatti, Bustriazo Ortiz y Fernández Mendía... porque sin exagerar pienso que mi papá fue una raíz fundamental del canto de La Pampa", razona.

La casa de la canción.
Rememora que "el canto y la música fueron algo cotidiano. ¿Sabés qué pienso? Que a través de los siglos lo ancestral sigue fluyendo, y nos viene este canto más allá de la vida y nosotros, los Ramos, hemos heredado la música y el don de poder comunicarnos desde la canción. Era tanta la gente que frecuentaba nuestra casa...".
Ana Nélida se entusiasma y menciona a Dona Tomasa. "Cantora de siempre mi madre tenía una voz dulcísima, y si bien no trascendió en eso porque tenía que ocuparse de nosotros, con su ternura y su tremenda paciencia, nos fue acompañando en nuestra vocación. Cantaba muy bien sobre todo milongas y huellas, y siempre sabía acompañarla mi abuelo Luis, porque papá Leoncio sabía tocar muy poco la guitarra. Mi hermana Esther siempre cuenta que nuestro abuelo era un tremendo concertista, y cómo no íbamos a heredar nosotros algo de eso", se regocija.
"Mis comienzos con el canto se dieron cuando conocí a Juan Carlos Durán, profesor de dibujo y música en la Escuela 4. En ese tiempo canté con el coro de la escuela un repertorio en inglés, en francés y hasta en portugués; y algo que me quedo grabado fue que me hicieron conocer La Rosa de Azafrán, y esos temas líricos tan ricos en melodías de aire español... me acuerdo que yo hacía la parte del estribillo: Una mañana muy tempranico salí del campo por el camino, cuando veía que la aurora llegaba yo la recibía cantando como un pajarito", canturrea muy bajito.

Todos cantores.
Después se refiere a la casa paterna. "Era la casa de una familia humilde y ahí nos criamos. Mi hermano Luis (Bombolo) siempre tuvo una hermosa voz y recuerdo cuando cantaba Sierras de Plata, de Guaraní, y creo que ahora no hay una voz como la que él tenía. María del Pilar siempre escribió y puede decirse que es poetisa desde los 6 años, siempre con cuestiones de carácter social, y además cantaba temas de Violeta Parra y de Víctor Jara. En realidad todos teníamos una fuerte inclinación hacia la música, y tan es así que tengo varios sobrinos músicos, como José María, Emiliano, Ezequiel, Federico, Candela, Diana, Larissa, Elena y sus hermanitos Asolo; y mi hijo Juan Bautista Domínguez, que desde siempre fue músico". Cuqui cuenta que el hijo que tuvo con Julio Domíguez es quien la acompaña en las diferentes actuaciones que tiene en la Provincia y también fuera de ella. "Ahora mismo le está poniendo música a obras inéditas de su padre", cuenta Ana Nélida.

Cuando Julio no era El Bardino.
Cuando era sólo Julio Domínguez y no había alcanzado la estatura del poeta que luego sería, el hombre humilde, llegado del oeste, gustaba de acercarse a las guitarreadas, en esa casa asombrosa; pero también a la Peña El Fogón de Huella, donde habría de conocer a Ana Nélida. "Él era un hombre tímido, y a veces venía a mi casa, a escuchar, a ver, y por qué no a aprender... entre tanta gente talentosa nosotros mirábamos. Julio por entonces ni tocaba la guitarra, y los primeros tres tonos se los enseñó Delfor Sombra", precisa.
En un momento decidieron ir a probar suerte en Buenos Aires, y Ana Nélida habría de hacerse conocida como solista. "Tuve suerte y me tocó actuar en la Carpa de Hugo Del Carril, donde llegué gracias a la recomendación de don José Regazzoli. Allí conocí a los monstruos... a Tanguito, Hugo Díaz y a todos los famosos de la época, y además cantaba milongas para japoneses en la Peña de Fany. A los tres años decidimos volvernos y en 1971 El Bardino me propuso matrimonio: primero nos casamos en La Plata el 21 de diciembre, y el 31 nos casó el cura González en la Sagrada Familia. Unos años más tarde llegaría 'Juani' para completar la familia", agrega. Más tarde Cuqui ingresaría como portera en la Escuela 314 (después 201), donde estuvo 18 años hasta su jubilación.

Su voz se lució en todos lados.
La música, siempre como solista, la habría de llevar por los más importantes tablados del país, y luciría su voz en Cosquín, Laborde -ganó allí en 1983 y 1987-y en cuanto festival fuera invitada. Pero no sería lo único, porque brilló con "Milonga del trovador" en escenarios europeos, y particularmente en Francia donde hizo más de treinta actuaciones.
"¿En qué estoy? En la etapa de mirar un poco para atrás y también un poco para adentro. Y en ayudar a mi hijo para que pueda realizarse como persona y como músico", dice casi en el final de la charla.
"De esa sangre y de esa raíz profunda vengo", ha dicho. Tiene 70 años y, de verdad, no se le notan. Quizás porque vive en ella el hechizo mágico de los trovadores, ese que parece no abandonar nunca a los artistas. Quizás por eso.

"Vivir con un poeta ha sido duro".
De a ratos, mientras habla, merodea en Cuqui Ramos una sombra; se me ocurre una suerte de dolor, alguna pena que la ronda, y se lo digo. "Pasa que hago lo mismo desde hace 60 años, y no siento que soy reconocida; es como que no se valora lo que una ha hecho", confiesa en un momento.
Y agrega: "Alguien dijo, me parece que con razón que 'la pampa es llanura' y creo que, en cambio, el cancionero pampeano es de círculos. ¿Se entiende lo que digo?", pregunta. "No somos de darnos la mano, de sentirnos todos iguales. Se hacen diferencias y no hay un reconocimiento a los auténticos valores de nuestra música", afirma convencida.
Después habla de Julio: "Te digo que no es fácil vivir con un poeta...", se pone seria. Y sigue: "Pasamos buenos momentos, pero también otros muy difíciles, complicados, porque en 1976 a él lo detuvieron y más tarde lo exoneraron y lo dejaron sin trabajo. En esos tiempos solamente trabajaba yo y ganaba 35 por mes cuando para la despensa se necesitaban 36 pesos; y eso duró más de 10 años", cuenta.
Lo dice y no lo dice, busca las palabras, y al final me deja la impresión que, después de aquellos instantes duros, aciagos, difíciles, El Bardino no fue el mismo, y que la relación se fue complicando. Nadie más que los que la integran sabe qué pasa en una pareja, y la cuestión es que terminaron divorciados: "Él quiso divorciarse, aunque después, a veces, nos juntábamos para algún cumpleaños". Julio falleció el 11 de febrero de 2007.
Ahora Cuqui quiere preparar para febrero el Primer Encuentro de la Milonga Pampeana, en homenaje precisamente a El Bardino. En eso está.

"Las cuerdas celestes...".
Cuqui revela que una noche, alta la madrugada, Julio Domínguez, El Bardino, se había quedado levantando, escribiendo, componiendo, "haciendo sus cosas. En un momento dado me despertó entusiasmado... Negra, mirá lo que me salió, me dijo, y me leyó lo que iba a ser Milonga Baya. Le dije: eso es hermosísimo... pero fui yo la que le sugirió que pusiera lo de 'las cuerdas celestes'. Hoy es una letra fundamental del cancionero popular", sostiene. Milonga Baya ha superado todas las fronteras y junto a la Huella de Ida y Vuelta y a La Pampa es un Viejo Mar son verdaderos himnos de nuestro cancionero.