Bulimia y anorexia, un testimonio valiente

Cuando tenía 13 años, María comenzó a hacer dietas y poco tiempo después el control de su peso se convirtió en una obsesión. Sufrió en soledad la anorexia durante ocho años, hasta que buscó ayuda y pudo salir.

María es su primer nombre, pero lo que más importa no es eso, sino su testimonio, su historia de vida, su valentía para luchar contra una enfermedad que sufrió silenciosamente durante muchos años.
"Siempre me preocupé demasiado por el peso, aún cuando no era gorda yo ni nadie en mi familia. Y encontré en el vómito la forma de poder comer y estar flaca -cuenta la joven, que hoy tiene 28 años. "Cuando estás enferma te sentís inmersa en una nube de cosas y no pensás en los daños que le hacés al cuerpo. Vomitar era una forma de descargar mis problemas, así como otros fuman o toman, pero es algo más profundo, que pasa por los sentimientos y las emociones".

El comienzo.
María reconoce que en su familia no existía la presión de estar siempre flaca. Fue ella sola quien empezó a obsesionarse con los kilos de más en la adolescencia y a no gustarse frente al espejo. Cuando terminó el colegio se fue a estudiar afuera y todo se volvió más complicado. "Había aumentado de peso y no me quería a mí misma, y encontré la forma de poder comer y calmar mi ansiedad vomitando. Además era más fácil porque ya no vivía con mi familia y nadie me veía", explica María, que pasó ocho años sufriendo el trastorno alimentario en silencio.
"Yo sabía que estaba haciendo las cosas mal, iba por la calle rara, me sentía distinta. No podía disfrutar nada porque siempre estaba pensando en la comida desde que me levantaba hasta que me acostaba. Sólo el que lo sufre lo puede entender", asegura.
Después de estudiar, María volvió a su casa familiar y el malestar se volvió más evidente. "Yo estaba mal conmigo, entonces estaba mal con los demás. Les contestaba mal a mis padres, estaba mal con el que era mi novio en esa época, que tampoco sabía de la enfermedad. Y trabajaba porque tenía que trabajar, pero estaba como ausente -recuerda-. Cuando estás enfermo no tenés nada claro, no sabés ni qué querés para el futuro, estás porque estás, y si pudieras no estar, mejor. Te domina la cabeza de una forma que es difícil de entender. No podía concentrarme en nada, estaba pensando todo el tiempo en cómo comer algo sin que me vieran, para después vomitar. Te volvés hábil para mentir, para ocultar... ¡Tiene un trabajo la cabeza! ¡Es terrible!".

Intentos.
Cansada de sentirse mal, María hizo algunos intentos por recuperarse que no dieron resultado. "Había empezado con una psicóloga por un lado y una nutricionista por el otro, pero yo no estaba predispuesta a nada, no dejaba que me ayuden y además el tratamiento no da resultado si no hay un equipo que trabaje para lo mismo. Si no hay una conexión entre las terapias que tenés que hacer creo que no funciona. Todos tienen que trabajar por lo mismo", plantea.
Esos intentos fallidos la desa-lentaron un poco, pero llegó un momento en que María sintió que había tocado fondo. Y su familia también. "Mis viejos sospechaban desde hacía mucho tiempo que algo me pasaba y no aguantaban más, pero no se animaban a hablarme porque uno es tan agresivo cuando pasa por una situación así...", reconoce.
María empezó a comer cada vez menos, a dejar los dulces, después las pastas y así hasta llegar a comer sólo zanahoria y agua prácticamente. "Yo estaba cansada todo el día, tenía mucho sueño, el cuerpo no tenía energía para nada. No aguantaba más vivir así, sabía que no iba a llegar a ningún lado, que iba a terminar mal. Todos me decían que estaba flaca y para mí eran unos exagerados. No tomaba conciencia de lo que me estaba pasando, hasta que llegó un punto en que dije 'basta' y me quise dejar ayudar", recuerda.

La salida.
A fines de 2008 María juntó coraje, sentó a sus padres y su hermana en la mesa y les dijo lo que le estaba pasando. En ese tiempo se había abierto en Santa Rosa el centro El Colibrí, con especialistas de distintas disciplinas para abordar trastornos alimentarios, y ella sintió que debía darse una oportunidad. Llegó acompañada de sus padres y, ahora sí, dispuesta a dejarse ayudar.
"En Colibrí encontré mi lugar, me sentí segura, sentí que tenía un respaldo, una contención. Yo estaba mal y sabía que podía hablar con la psicóloga, la nutricionista o la psicóloga de terapia grupal -cuenta María-. La terapia con otras personas que están pasando lo mismo es fundamental, porque cuando estás enfermo sentís que estás solo, que no te entiende nadie".
Para su sorpresa, María encontró en el reducido grupo de terapia grupal a un vecino. "Al principio nos dio vergüenza a los dos encontrarnos ahí, pero después creamos una conexión muy buena porque estábamos allí por lo mismo", dice.
Desde un comienzo, María supo direccionar toda su energía en positivo. Iba dos veces por semana a la psicóloga, una vez por semana con la nutricionista, una vez a terapia grupal, además de hacer yoga y arte-terapia en el mismo lugar. "Descubrí cosas que me gustaba hacer y no sabía, empecé a conocerme, porque cuando estás en esa nube de cosas no sabés quién sos, ni qué te gusta, ni te valorizás como persona -explica-. Encontré una forma de descargarme de todo lo que me pasaba, me abrí por completo, encontré la confianza que necesitaba para contar lo que me estaba pasando. ¡Y me liberé de una forma...! ¡Me saqué una mochila pesadísima!".

Estar mejor.

A los seis meses de comenzar el tratamiento, María empezó a sentir que las cosas tomaban su rumbo. "Empecé en enero y en junio sentí que mi vida estaba dando un giro bastante grande. De a poco fui aumentando de peso y me mantuve; antes subía y bajaba mucho -recuerda-. Fui aprendiendo a comer, aprendí que comiendo normal y respetando las comidas no se engorda, aprendí a sacarme el miedo a los alimentos. Y empecé a tener más energía, más alegría, empecé teatro, canto, estaba ocupada todo el día haciendo cosas que me gustaban y que me despejaban la cabeza".
María pensó que le iba a costar más tiempo estar bien, quererse, valorarse, pero su actitud fue tan positiva desde el comienzo, que el camino no fue tan duro como imaginaba. Aunque hubo tropiezos. "No se puede dejar de vomitar de un día para el otro. Durante ocho años mi forma de vida era comer y vomitar, era un hábito, como lavarme las manos antes de comer. Hay que sacar ese hábito, cuesta, pero hay que poner ganas. Cuando empecé en Colibrí buscaba comer con alguien para que la compañía me obligara a no vomitar, pero se genera una dependencia porque el día que no estás sola... Yo buscaba hacer otra cosa para no vomitar, irme a caminar, pasear al perro, charlar con mi mamá, hablarlo. Hay que tener constancia y fuerza para caer y levantarte", reflexiona.
Hace un año y medio que María empezó su tratamiento y hoy se define con pocas palabras repletas de sentido: "estoy feliz, plena".
Decidida a comenzar una nueva vida, María se fue a vivir hace pocos días al sur, junto con su novio. "Hoy puedo decir que disfruto la vida a pleno. Y si me decidí a hacer esta nota fue para ayudar a las personas que pueden estar pasando lo mismo. Es una enfermedad super-solitaria, y si alguien que la lee está pasando por un trastorno alimentario, sea bulimia o anorexia, pueden hacer un clic y buscar ayuda. Porque cuando tenés la decisión de querer curarte, es posible. Solo no se puede, pero si te dejás ayudar, es posible encontrar la salida", asegura María, con una convicción que conmueve.